jueves, 7 de febrero de 2013

Primitivos

Primitivos

Hacia 1880, en las reservas en las que malvivían los supervivientes de las tribus vencidas de las praderas, nació lo que ahora se llama Ledger Art, literalmente el arte de los libros de registro o de contabilidad,

Uno de los dibujos de Bill Traylor, el hombre que nació esclavo en una plantación de Alabama. / The Pardee Collection.
Quizás un país de tan grandes distancias y tan propenso a las grandes soledades como Estados Unidos favorece más que surjan esos talentos insulares que no se parecen a nadie, que viven como eremitas y crean más o menos en secreto obras de una orginalidad alimentada por el aislamiento. En las ferias de antigüedades, en los mercadillos de los fines de semana, de vez en cuando se encuentran piezas de eso que llaman Folk Art que lo atraen a uno desde lejos en medio de la sobreabundancia desordenada de objetos en venta: paisajes de bosques, de ríos, de cabañas de troncos, pintados con una tiesa solvencia sobre paneles de madera; figuras policromadas de patos que sirvieron como reclamos para la caza; cerdos o vacas de madera que adornaron el escaparate de una carnicería; jefes indios tallados que se ponían en las puertas de los estancos; ballenas, salmones, caballos, cabezones de sombrererías, maniquíes de mejillas rojas y sonrisas heladas. Muchas veces son obras de artesanos que atendían a una demanda comercial; tienen una especie de rudeza jovial, una simpleza contundente de formas que hace palidecer por comparación muchos de los atrevimientos del pop: un teléfono de madera del tamaño de una maleta, un zapato enorme de color azul cobalto, un sacacorchos de dos metros de alto, todos ellos reclamos comerciales, parecen anticipar los objetos cotidianos agigantados de Claes Oldenburg.
Lo que hay en estos artistas indios es
el caudal misterioso
de la gran cultura popular, la maestría que hay en el flamenco o en los ‘blues’
Otras veces esas figuras poseen la fuerza plástica de un empeño sin otra finalidad que la satisfacción de un impulso: alguien en una granja aislada durante meses por la nieve se entretuvo en tallar un bloque de madera hasta darle la forma de un gran pájaro o de una cabeza humana, los ojos muy abiertos y fijos en el vacío; alguien aprovechó un libro de contabilidad en blanco para dibujar con lápices de colores recuerdos de su juventud. Los medios son primitivos, y la educación formal inexistente: como si al ponerse a tallar o a dibujar estuviera comenzando la historia del arte. Con frecuencia se aprovecha lo que se tiene más a mano, se saca partido de las formas dictadas por la naturaleza o por el azar: un pájaro hecho con tablas recortadas tiene el color azul de la pintura industrial del cajón del que procede y el ojo es el agujero rojizo por el óxido de un clavo arrancado; un guijarro casi cilíndrico necesita pocas incisiones para convertirse en el huevo que un pollo todavía encogido ha empezado a romper desde dentro; la astilla curva al final de una rama desgajada de un árbol servirá para que el bastón que se ha hecho con ella termine en una cabeza de gaviota o en delgado hocico sensitivo de un perro.
El material más pobre o más crudo se transmuta en el oro del talento, un talento que no se sabe de dónde procede, que no ha recibido el beneficio de ninguna educación formal y que pudo surgir en la marginalidad y la miseria. Hacia 1880, en las reservas en las que malvivían los supervivientes de las tribus vencidas de las praderas, nació lo que ahora se llama Ledger Art, literalmente el arte de los libros de registro o de contabilidad, los que usaban los administradores de los almacenes del gobierno. Algunos de ellos, dejados en blanco, les sirvieron a los artistas indios para dibujar imágenes que en tiempos mejores habían pintado en pieles alisadas de búfalos: cabalgadas, escenas de batallas, danzas de celebración o de guerra. Las rayas impresas en las páginas les servían para indicar la línea de la tierra o la del horizonte; su forma apaisada permitía un ritmo narrativo de friso. Mirando de cerca se advierte la pobre calidad de los lápices, pero el efecto es de una belleza intemporal, y esos caballos de cuerpos fornidos y cabezas pequeñas, esos guerreros de siluetas sumarias que unas veces manejan arcos y flechas y otras fusiles, suspendidos en un espacio abstracto, le hacen a uno acordarse de las figuras cazadoras o guerreras de la pintura neolítica y también de las escenas mitológicas en las ánforas griegas más antiguas. Tienen en común la exaltación de las proezas masculinas. Quién sabe qué poemas épicos, que ilíadas y cantos de Mío Cid están representados en las páginas de esos libros de contabilidad en los que durante mucho tiempo no reparó nadie y que ahora se separan una por una y se enmarcan para venderlas a precios más altos.
Lo que antes no valió nada ahora es prohibitivo. Jim Traylor nació esclavo en una plantación de Alabama y siguió trabajando en ella después de la emancipación, sin duda porque no tenía otro sitio a dónde ir. En 1928, a los 74 años, demasiado viejo para seguir trabajando, se trasladó a Montgomery, la capital del estado, y vivió más o menos como un mendigo, pasándose el día entero en la calle, durmiendo en el trastero de una funeraria, y luego en el portal de un zapatero. Era analfabeto y no es probable que hubiera sostenido jamás un lápiz. Pero un día tomó un trozo cualquiera de cartón y empezó a dibujar sobre él y ya no se detuvo nunca. Dibujaba animales, escenas de la vida en la plantación, bocetos de lo que veía en la calle, composiciones con criaturas fantásticas que volaban por los aires. Regalaba sus dibujos a los que paraban a charlar con él o los cambiaba por comida. Algún admirador le traía un cuaderno intacto, pero él prefería lo usado, el papel recio de los envoltorios, el cartón de las cajas. Dibujaba sobre esos materiales como en la pared cóncava de una cueva. Sus lechuzas, sus caballos, sus vacas, tienen una simplicidad y un misterio de animales totémicos.
Mirando de cerca se advierte la pobre calidad de los lápices, pero el efecto es de una belleza intemporal
Pero el más raro de esos artistas sin duda es James Castle. Era sordo de nacimiento y probablemente autista. Pasó la vida en una granja de Idaho. Como su padre era cartero, usó con frecuencia para dibujar sobres, cartones de embalaje, reversos de formularios. No aprendió nunca a leer. Dibujaba y hacía collages con trozos de cartón doblados y pegados. Usaba hollín de chimenea humedecido con saliva. En Jim Traylor hay una energía expansiva que agita lo mismo a las figuras humanas que a las de animales, en un universo de gravedad tan incierta como la de los cuadros de Chagall. James Castle dibuja mínimos paisajes sombríos, habitaciones o graneros en los que puede no haber nadie y sin embargo se percibe la presencia opresiva de algo, una negrura de interiores con las ventanas condenadas en los que se filtran hilos de luz, un oscurecimiento de cielos bajos de tormenta.
Se saben sólo unos pocos nombres de los artistas indios que dibujaban en los libros de contabilidad de las reservas. Jim Traylor y James Castle murieron en la misma oscuridad en la que habían vivido. Lo que hay en ellos es el caudal misterioso de la gran cultura popular, la maestría a la vez sofisticada y despojada que hay en los romances antiguos, en el flamenco o en los blues, en las músicas de tradición oral de casi cualquier parte del mundo. Algunos de los artistas mayores del siglo pasado —Picasso, Klee, Dubuffet, Bártok— quisieron desaprender una parte de lo que sabían para beber de esos orígenes.
www.antoniomuñozmolina.es

domingo, 18 de noviembre de 2012

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/08/11/actualidad/1344712531_692414.htmlhttp://cultura.elpais.com/cultura/2012/08/11/actualidad/1344712531_692414.html


José Manuel Blecua

El director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, de 73 años, tenía que cruzar la ciudad de Zaragoza de lado a lado para ir a la escuela cuando los cortes de luz impedían el uso del tranvía. “El instituto era la vida o al menos la realidad. Era una mezcla muy poderosa de clases”. Estudió Filología Hispánica y durante la carrera jamás dejó de ser un niño.“Las oposiciones ya me obligaron a ser adulto”

José Manuel Blecua, director de la Real Academia de la Lengua, en una imagen de su infancia.
Conoció a la vez “la dureza de la vida” y “el encanto de vivir en libertad”, y eso supone para José Manuel Blecua, filólogo, catedrático, director de la Academia Española, la esencia de su infancia difícil, feliz e inolvidable.
Para ir al instituto, este zaragozano de 1939 tenía que cruzar la ciudad, caminando, de lado a lado; dos horas para ir, dos horas para volver, y así por la mañana, al mediodía, por la tarde, al atardecer. Su padre, José Manuel también, profesor, su maestro, los llevaba de la mano, paso a paso, cuando los cortes de luz impedían el uso del tranvía. “El tranvía era el mundo”.
En ese espacio que él asocia con la libertad de los veranos y con la dureza de los inviernos conoció también el racionamiento. “Teníamos un tío escolapio que no fumaba y todos los hombres de la familia se repartían el tabaco que él acopiaba”.
Esa inclemencia que convirtió el periodo en una especie de noche del siglo tenía muy preocupados a los adultos, “así que nosotros hacíamos lo que nos daba la gana... La anatomía de ese instante por una parte es la dureza de la vida, y por otra, la del encanto de vivir en libertad... Se podía jugar al fútbol en la calle e ir en bicicleta”. Y ese era el paraíso, “al que uno podía llegar antes que ahora”.
Zaragoza era el curso; como entonces el padre y los chicos tenían las mismas vacaciones, los Blecua se iban a Ágreda, en Soria, y ahí, en cierto modo, se hizo el filólogo. “Trillábamos, qué niño trillaría ahora, y eso me sirvió luego para mis estudios de dialectología. Lo que oía decir”. Blecua aprendió en Ágreda a nombrar las cosas del campo. “Nosotros éramos niños que sabíamos trillar, pescar cangrejos, cocinar algunas cosas o poner la rueda de un tractor. Y los niños de ciudad no sabían eso”.
Nombrar y vivir. “Vivir al aire libre era algo maravilloso, o llevar las vacas al abrevadero... Esa doble vida, la de pescar, cazar, trabajar y disfrutar del campo por el día, y la libertad de caminar por las noches bajo el cielo del verano es lo que recuerdo de ese instante”. Y ese instante se parece, del todo, al recuerdo de la infancia. José Saramago decía que uno va con el niño que fue. En la mirada de este señor que ahora viste traje oscuro, lleva camisa blanca y utiliza corbata negra también, hay algo de aquel muchacho que él trae consigo, en la foto que aporta a este relato de su propia niñez. Ese niño recuerda a su padre, para hablar de sí mismo.
“Recuerdo mucho las actitudes de mi padre con nosotros, que además éramos sus alumnos en el instituto. Nos intentaba enseñar a todos que nos teníamos que limpiar los dientes, era imprescindible que lleváramos las manos limpias, las uñas recortadas, que estuviéramos bien peinados... Cuando nos dormíamos en clase, nos castigaba a lavarnos la cara en la fuente y nos pasaba revista a las manos”.
Ahora se lava, se mira las uñas, se las recorta, se peina: delante del espejo, cada día, Blecua es el niño que su padre ayudó a hacer. “Aquel era un tiempo como el que describe Rafael Azcona en sus guiones. Pobreza, no había nada, tristeza en la calle, melancolía en las casas. Comíamos boniatos, siempre comíamos boniatos. Cuando pudo, mi padre ya no volvió a comer boniato nunca más, pero a mí me parecía una cena estupenda. Él los odió para siempre”.
Sobre las cenas y los días sobrevolaba el miedo. El miedo que implantó la dictadura, la incertidumbre atroz de una posguerra en la que se bisbiseaba la política. “El miedo era muy triste... Pero había otras cosas que nos daban una extraordinaria felicidad. El fútbol, por ejemplo. Las retransmisiones de Matías Prats. La radio fue magnífica para nosotros”.
El instituto era la vida, o al menos la realidad. “Una mezcla muy poderosa de clases; había chicos que no tenían zapatos, aunque en algunos casos sus padres tuvieran dinero en sus casas, pero iban a la escuela así. Era un pequeño cosmos que permitía elevar la anécdota a categoría y aprender a vivir sobre la marcha. Por ejemplo, era frecuente que no tuviéramos pelota para jugar al fútbol y hacíamos una de trapo, así jugábamos, aprendiendo a hacer utilidades de las carencias”.
Aprendió el mundo, que diría Juan José Millás. Pero eso no era suficiente. La imaginación fue enseguida el sustento del niño Blecua. “Éramos lectores desde muy chicos. Mi abuelo Antonio nos compraba El Coyote todas las semanas, y en los veranos descubrí las bibliotecas. Había una municipal, que llevaba don Arsenio, el maestro”. Ahí descubrió Kim de la India, de Kipling... “En casa teníamos la colección Araluce... Mary Luz Morales adaptó clásicos como Los argonautas o La Ilíada y La Odisea, ese fue el camino del conocimiento literario”.
La casa era un trasiego de maestros, entre los que destacaban Ricardo Guyón y Francisco Ynduráin
Los niños van viendo a los padres desde abajo, hasta que ya los miran a los ojos. “Cuando eran novios, mi padre era catedrático de un instituto de la República, en la comarca de Cuevas del Almanzora. El 18 de julio fue a ver a su novia a Zaragoza, ahí le sorprendió la guerra y no pudo volver a Cuevas del Almanzora. Se casaron en plena guerra, cuando mi madre tenía 21 años”. El padre era un modesto profesor de instituto, pero por su casa pasaba el mundo. Ramón J. Sender, paisano exiliado, les mandó a los chicos Blecua unos pantalones vaqueros “de los que estábamos orgullosísimos”, y la casa era un trasiego de maestros, entre los cuales fueron muy destacadas las amistades del profesor Ricardo Gullón y Francisco Ynduráin. “Teníamos un padre que viajaba mucho por el mundo, pero era un padre normal que nos llevaba al fútbol los domingos”. La madre, Irene, “era muy dulce, generosa; murió muy pronto, cuando tenía poco más de cincuenta años”.
El padre era, como el Blecua que ahora se mira en el espejo por si aquel lo fuera a revisar, un hombre trabajador y ordenado, “que iba todos los días del año a tomarse el café con los amigos del casino...”. Había boniatos, y a veces había morcillas que el padre e Ynduráin encontraban. En una de esas tiendas, el padre compró “una gabardina inmensa con la que iba a comprar el pan negro del estraperlo...”.
Hay un momento en la que ya el niño deja de serlo. Blecua tuvo ese momento. “Fue una semana en la que preparaba la reválida. Había unos temas que tenía que estudiar, entre los que se incluían algunas biografías. Ahí leí el primer artículo que recuerdo de Ildefonso Manuel Gil que no olvidaré nunca; era sobre Bécquer. Ahí me di cuenta de que el mundo del conocimiento era muy complejo, y obligaba a esforzarse mucho para tratar de dominarlo. En ese momento se terminó mi infancia. Tenía 17 años”.
Pero realmente aquel joven Blecua jamás dejó de ser un niño. Por lo menos durante la carrera. “Las oposiciones ya te obligan a ser adulto... Pero sí, es cierto, mi infancia duró mucho, porque uno en el fondo siempre es un niño, lo sabemos todos”. Trajo consigo su fotografía de niño Blecua, y ahí, si miras bien a los ojos, risueños y curiosos, rodeados de los rizos infantiles, hallas al Blecua de hoy, que acude muy pulcro y muy solemne a actividades a las que seguramente asiste con el niño que fue. Aquel niño, por cierto, comparte con él, aún, el disgusto por los horarios. Por eso es tan puntual.
En esa mirada hay una picardía que viene del abuelo paterno, Manolo, o Manolito, “era el perejil de todas las salsas, un nadador estupendo, nos enseñaba a preparar caracoles, que recogía en el cementerio de Alcolea, decía que esos eran los mejores; contaba chistes verdes divertidísimos y le gustaba ir a los cafés-cantante. Y a los treinta años decidió que ya no trabajaría nunca más”. El abuelo regentaba una pensión, y unos gritos le bastaban para ponerla en marcha. “Con el abuelo materno, Antonino, los chicos tomábamos el vermut, era el que nos compraba los tebeos”. Las abuelas vestían de negro. El otro color que también vistió aquella infancia.

martes, 11 de septiembre de 2012

La bicicleta de cartón, el último grito en transporte ecológico

http://www.ideal.es/agencias/20120815/mas-actualidad/sociedad/bicicleta-carton-ultimo-grito-transporte_201208150843.html















Daniela Brik


Jerusalén, 15 ago (EFE).- Izhar Gafni, un emprendedor israelí, ha logrado construir una resistente bicicleta de cartón con la que espera revolucionar el sector del medio de transporte ecológico por antonomasia, con un coste de producción en torno a unos 8 euros.


Además de barata, la bicicleta es ligera, fuerte, resistente al agua y la humedad, impermeable al óxido y puede soportar hasta 140 kilos de peso.


Su chasis está elaborado completamente de cartón recubierto de un material impermeable de color marrón y blanco, con lo que el acabado consigue que parezca un vehículo de plástico.


"Se trata de una bicicleta urbana, la más sencilla que puedas imaginar, pero suficientemente resistente como para convertirse en un buen medio de transporte", explicó a Efe Gafni.


Residente en el moshav (cooperativa rural israelí) de Emek Jefer, en el norte de Israel, este mecánico autodidacta tuvo como inspiración otro invento: Una canoa hecha de cartón con materiales altamente resistentes al agua.


"Cuando trabajaba en California tuve conocimiento de la canoa. Estuve varios meses dándole vueltas al tema hasta que regresé a Israel y me dije, ¿por qué no hacerlo?, no existen bicicletas de cartón", refiere.


Quizá el hecho de que haya decidido ir a por la bici no es casual, y es que Gafni nació y se crió en el kibutz Bror Jail (sur del país), en el seno de una familia brasileña emigrada a Israel.


La bicicleta es el medio de transporte más habitual entre los miembros de estas comunas rurales israelíes ya centenarias, aunque él simplemente se define como aficionado a la bici.


Bautizado como BV6, el invento le ha llevado cuatro años de construcción y seis prototipos, pues dedicó los primeros años a experimentar los límites y posibilidades del cartón, un material de cuyo maleado apenas existían conocimientos previos.


"Consulté con varios ingenieros y al principio construí una bici pequeña que parecía una caja con ruedas", relata antes de reconocer que "lo más duro fue desarrollar la tecnología para lograr algo que se pareciera a una bicicleta".


En sus investigaciones aplicó los principios de la papiroflexia japonesa y logró incrementar hasta en tres veces la capacidad de resistencia del material simplemente doblándolo y superponiéndolo en varias ocasiones.


El artilugio puede ser doblemente ecológico ya que puede elaborarse igualmente con cartón de reciclaje.


Otra de las ventajas es que no precisa ensamblaje previo, sino que es de una sola pieza, incluidas las ruedas, por lo que no experimentará los temidos pinchazos, convirtiéndose así en un medio que apenas requiere mantenimiento.


Gafni confía que en el plazo de año y medio llegue a los mercados, principalmente de Israel, Europa y Estados Unidos, a un precio entre 50 y 70 euros, aunque su fabricación rondará los 8.


Aspira a que en la línea de producción intervengan personas discapacitadas, pues su fabricación no requiere de un conocimiento muy especializado.


Y afirma que ya se han interesado por el producto en varios países europeos y entre los posibles clientes figuran Ayuntamientos que podrían adquirir la bici como medio de transporte para alquilar.


El inventor trabaja en la actualidad en un nuevo modelo que cuenta con un motor eléctrico extraíble, destinado para grandes compañías como vehículo para empleados que resulte barato y ligero.


Los fabricantes estudian poder elaborar en el futuro sillas de ruedas y cochecitos de bebé de cartón.


"Me gustan los medios de transporte, construí una moto de todo tipo de materiales", aseveró el emprendedor, que está acompañado en todo el proceso de desarrollo y financiación por una compañía de soluciones tecnológicas. EFE

lunes, 20 de agosto de 2012

Encontrarse, perderse

No sé qué me gusta más de ir por las ciudades, si encontrar sin dificultad el sitio que voy buscando o perderme en la búsqueda y encontrar entonces algo que no había previsto, pero que puede gustarme más aún. Ya sé que con Google Maps y con el iPhone perderse se ha vuelto un anacronismo. Pero hay anacronismos que tienen no sólo su encanto, sino también su utilidad. Hasta hace muy poco parecía que caminar por las ciudades era un anacronismo, comparado con la modernidad de ir en coche por ellas. Los urbanistas se pusieron en contra de que en las ciudades hubiera distancia abarcables a pie. Eso me recuerda al arquitecto Saenz de Oiza, al que le escuché una vez decir en una conferencia que ya estaba bien de sentimentalismos, que el porvenir de las ciudades era Los Angeles, porque había habido un tiempo en el que las ciudades tenían el tamaño de ir a pie, y luego el de ir a caballo, y que ahora tenían que adaptarse a la velocidad del coche, y santas pascuas. Y como decía Gila, el que no aguante una broma que se vaya del pueblo. También dijo una cosa estupenda: dijo que ahora-entonces- la gente se entera de la realidad viendo la televisión, no mirando por la ventana, como en el pasado lamentable, así que en la arquitectura contemporánea las ventanas carecían de toda importancia.
Pero me he perdido. Me ha pasado como con las calles de Amsterdam. Que unas veces me parece que ya he estado en un sitio -un canal, un puente, una torre puntiaguda de iglesia al fondo- y resulta que no he estado, y otras veces pienso que no sé dónde estoy y un pequeño detalle -una escultura, el letrero de una tienda- me advierten que sí sé donde estoy, pero que he cambiado de esquina, así que lo familiar me ha parecido distinto.
El resultado es un disfrute permanente. Disfruto de llegar a donde iba, con mi mapa y sin iPhone, y disfruto también de perderme. Hoy, por ejemplo, gracias a que me había perdido, he encontrado por fin algo que echaba de menos en la ciudad, y que me parecía un defecto grave: una buena heladería. Y como era tan buena y llevaba tanto tiempo sin tomar helados y me he comprado uno de cucurucho con dos bolas y hacía tanto calor he tenido que tomármelo a toda velocidad para que no se derritiera. Y gracias también a ese extravío he descubierto el extraordinario Westerpark, y cerca de él una barriada de viviendas sociales con una arquitectura contemporánea de mucha calidad, con imaginación y solidez, afortunadamente anacrónicas: tienen ventanas estupendas, están conectadas con el corazón de la ciudad por calles transitables a pie y carriles de bicicleta.
Y cuando ya estaba resignado a haberme perdido, he doblado una esquina y he encontrado lo que buscaba: una plazoleta que se llama Watertorenplein. Cerca de ella pasa un canal inundado de bambúes. Hay un depósito futurista de agua -por la indicación de un vecino deduzco que es la Watertoren del nombre-, unos bloques de viviendas con muchos jardines, unos edificios de ladrillo industrial como de principios del siglo pasado. Por el barrio se ven emigrantes musulmanes, probablemente marroquíes. Y me siento en un banco a descansar de la caminata y a ver pasar ciclistas y tranvías.

91 Comm

La somalí Samia Yusuf Omar, de Pekín 2008 a morir en una patera

La somalí Samia Yusuf Omar, de Pekín 2008 a morir en una patera

La deportista africana intentaba llegar a Italia para entrenar y poder participar en Londres 2012

EFE Madrid 20/08/2012 12:55 Actualizado: 20/08/2012 13:09


La somalí Samia Yusuf Omar había conmovido al mundo con su carrera en los 200 metros en los Juegos Olímpicos de Pekín, donde llegó última, pero demostró el verdadero espíritu olímpico, pero no pudo repetir su participación en Londres pues murió en el intento de llegar en una patera a las costas italianas.
La triste historia de Samia ocupa hoy las primeras páginas de los medios de comunicación italianos que citan las declaraciones de algunos de sus compatriotas somalíes, que aseguran que la atleta se embarcó en Libia con dirección a Italia buscando una nueva vida, pero murió en la travesía.
El mediofondista somalí Abdi Bile, medalla de oro en los 1.500 metros en el Mundial de atletismo de Roma, en 1987, fue el encargado de contar a la prensa durante una reunión del Comité Olímpico Nacional de Somalia qué había sido de aquella chica de 17 años que conmovió al público del estadio Olímpico de Pekín, que aplaudió su llegada en solitario a la meta con 10 segundos de retraso respecto al resto de las atletas.
"Ha sido una experiencia bellísima, he portado la bandera de mi país, he desfilado con miles de atletas del mundo", expresó Samia tras su experiencia olímpica al volver a Mogadiscio.
Samia Yusuf había seguido entrenando pese a todas sus dificultades
Por ello había continuado pese a todas las dificultades a entrenarse duramente en el destartalado estadio olímpico de la capital somalí para poder volver a participar en unos Juegos Olímpicos.
El entrenador de Sami, Mustafa Abdelaziz, confirmó al Corriere della Sera que la atleta se embarcó este verano en una patera para intentar llegar a Italia y seguir su carrera deportiva ante la falta de fondos de su país. Su madre, explicó Abdelaziz, vendió incluso un pequeño terreno para financiar su viaje y que pudiera así cumplir su sueño y tener una vida alejada de las guerras y la precariedad.
"Los supervivientes de ese viaje comunicaron la lista de las personas que habían fallecido durante la travesía y allí estaba su nombre (...). Nos quedamos helados. Sabíamos que el viaje hacia Occidente es peligroso, pero no nos podíamos imaginar que ella sería una de sus víctimas", agregó Abdelaziz.

Con sólo 17 años participó en los Juegos Olímpicos de Pekín

Samia nació en 1991. Era la mayor de seis hermanos, hija de una vendedora de frutas y su padre murió en uno de las múltiples conflictos que se viven en el país. Su amor por el deporte la llevó a practicar atletismo, pero también natación y baloncesto.
En mayo de 2008, Samia se coronó campeona africana de los 100 metros y con solo 17 años desembarcaba en Pekín para hacerse abanderada del lema del barón Pierre de Coubertin, lo importante no es ganar sino participar. El mar Mediterráneo acabó con todos sus sueños.

 http://www.publico.es/deportes/441184/la-somali-samia-yusuf-omar-de-pekin-2008-a-morir-en-una-patera

miércoles, 27 de junio de 2012

El doctor 'milagro' reimplanta los dos pies a un niño granadino

  • El doctor 'milagro' reimplanta los dos pies a un niño granadino

El doctor 'milagro' reimplanta los dos pies a un niño granadino

El menor sufrió un accidente de tráfico el 15 de junio en la AP-7 que le produjo lesiones "catastróficas" en las piernas · Con la operación podrá volver a caminar en 6 meses.
Efe / Valencia | Actualizado 27.06.2012 - 10:41
zoom

David, de 10 años, junto a su madre Maritrini ayer en la habitación del Hospital de Manises (Valencia).

El equipo del cirujano Pedro Cavadas, conocido como el doctor 'milagro' por sus logros únicos en cirugía, ha logrado reimplantar los dos pies a un niño de 10 años de Granada que sufrió un accidente de tráfico que le produjo "lesiones catastróficas" en los miembros inferiores y que podrá volver a caminar sin ayuda en seis meses.

El menor, David, sufrió el pasado 15 de junio un accidente de tráfico en la autopista AP-7, a la altura del municipio castellonense de Benicarló, al salirse de la carretera la furgoneta en la que viajaba, y en un primer momento fue llevado en helicóptero hasta el Hospital La Fe de Valencia.

Posteriormente, al haber sufrido "heridas catastróficas" en ambas piernas, se decidió su traslado al Hospital de Manises, que cuenta con un Centro de Traumatismos de Alta Energía y donde, tras una intervención que duró seis horas y media, se practicó un reimplante secuencial de ambos miembros.

La madre del menor, Maritrini Jiménez, agradeció ayer la intervención practicada por el cirujano valenciano, de quien ha dicho que tiene unas "manos divinas". Además, explicó que David le ha dicho que cuando sea mayor "quiere ser como Cavadas".

La familia de David reside en la provincia de Granada aunque la madre ha alquilado un piso en Valencia, donde estará mientras el niño hace la rehabilitación y hasta que reciba el alta y "salga andando por su propio pie". "Si es necesario quedarme uno, dos o tres años, por mi hijo hago lo que haga falta", dijo la madre.

"Ha sido un golpe muy fuerte para un niño de 10 años. El doctor Cavadas me ha dado confianza y me ha dicho que va a poder andar. Eso es un alivio para una madre", aseguró Maritrini Jiménez, quien muy emocionada dijo que toda su familia "estará eternamente agradecida" al cirujano que ha operado a su hijo.

David, según su madre, "era hiperactivo y verlo en la cama cada día me derrumba más, pero tengo que sacar fuerza de donde no las tengo. Es un niño muy enmadrado y aunque tenga un gran cuerpo tiene mentalidad de niño".

El cirujano explicó que el niño evoluciona bien aunque habrá que hacerle nuevas cirugías, alargando la tibia de una de las piernas, y esperar a que el esqueleto se consolide para que pueda cargar peso. En unos seis meses calculan que podría estar caminando sin ayuda.

"El paciente perderá movimiento en el tobillo porque ha perdido una de las articulaciones, pero le quedan las suficientes", señaló Pedro Cavadas, quien agregó que el resultado "no se tiene que comparar con una pierna normal, sino con la alternativa, que es llevar una prótesis toda la vida".

Según Cavadas, la colocación de prótesis "es mucho más cara para la sociedad y la calidad de vida del paciente es mucho peor porque también es peor el resultado", aunque para poder practicar un reimplante, cuyo resultado es "muy superior", hace falta "un equipo con miles de horas de vuelo".

También destacó que los niños suelen evolucionar mucho mejor que los adultos de cualquier herida o traumatismo: "Cuanto más pequeño, mejor cura aunque también es más complicado el manejo desde el punto de vista anestésico".

El Hospital de Manises de Valencia cuenta desde hace un año con el Centro de Traumatismos de Alta Energía, dirigido por Cavadas, donde se atiende a pacientes politraumatizados con lesiones complejas severas en extremidades. Este centro está basado en el concepto de los grandes "Trauma Center" norteamericanos, con una disponibilidad inmediata de personal especializado, equipos y servicios para el tratamiento de las lesiones más graves y de críticos.



http://www.granadahoy.com/article/granada/1293403/doctor/milagro/reimplanta/los/dos/pies/nino/granadino.html

sábado, 26 de mayo de 2012

Clases de caza en colegios públicos para niñas y niños

Clases de caza en colegios públicos para niñas y niños

Artículos - Mundo Natural
La Junta de Castilla y León subvenciona un programa para enseñar a cazar dirigido a menores de entre 7 y 12 años. El proyecto está impulsado por la federación de cazadores de la región y se impartirá en colegios públicos.
Cacería
Cacería
La Junta de Castilla y León subvenciona clases de caza en colegios públicos para niños y niñas. El acuerdo fue firmado a petición de la Federación de Caza de esta comunidad y para el mismo ya se están destinando 303.000 euros. El convenio, que contempla distintas actuaciones, fue firmado por la exconsejera de Medio Ambiente, María Jesús Ruiz, del PP, partido que gobierna desde hace más de 30 años en Castilla y León, y por el portavoz de los cazadores de la región, Santiago Itumendi Mauregui, exmilitar que preside la federación de caza. Dicho acuerdo, que se remonta al 29 de noviembre de 2010, establece la puesta en marcha de un programa denominado: “Cazador por un día”, dirigido a niños y niñas de entre 7 y 12 años de edad, “en el que al margen de explicarles el porqué la caza es necesaria, se les muestre a través de jornadas prácticas cómo se caza”.
Por su parte, Santiago Inturmendi, para justificar la puesta en marcha de estas clases de caza, llegó a asegurar que el sistema educativo enseña “la cultura del Bambi” –dice el presidente de los cazadores castellanoleoneses–, donde se les dice a los niños que los cazadores son malos y los ciervos buenos”. Tampoco se salvan los medios de comunicación, a los que el cazador acusa también de “intoxicación informativa generalizada contra esta actividad”.
“Los valores de la caza”
Según el exmilitar, “se pierde la afición a la caza entre los más jóvenes por un desconocimiento absoluto y por normas cada vez más restrictivas, por ejemplo las relativas al permiso de armas para menores, que prácticamente impiden el relevo generacional”.
No es ésta la única queja. La mayoría de las federaciones de caza, muchas en buena sintonía con los gobiernos regionales, coinciden con los cazadores de Castilla y León y se quejan de la caída de licencias de caza. Según datos del Ministerio de Agricultura, el número de licencias de caza en 1990 ascendía 1.443.514, cifra que ha descendido hasta menos de 800.000 licencias este año.
Esta actividad mueve cada año más de 2.230 millones de euros en el Estado español, según un estudio de la Real Federación de Caza, aunque otros informes elevan la cifra a 3.580 millones de euros. Castilla y León es la tercera comunidad en número de licencias, pero aun así el número de cazadores disminuye. El acuerdo con la polémica exconsejera de Medio Ambiente, dice que se “pretende trasladar a la sociedad los valores del aprovechamiento cinegético” y conseguir que “no se pierda la afición por la caza”,

El portavoz de los cazadores dice que se da “una cultura de Bambi” y que hay que rescatar el valor de la caza

según ratifican las dos partes. De momento, la federación de cazadores ha realizado un vídeo sobre la caza que pretende exhibir en los colegios. Además, han anunciado que se van a dirigir a las AMPAS de la región para explicar a las madres y padres los beneficios de ser “Cazador por un Día”.
Armas en manos de menores
La campaña contempla clases teóricas en los colegios y también “jornadas prácticas”. Esto implica el contacto con las armas, según han denunciado ya varios grupos ecologistas. La legislación que regula el uso de armas a nivel estatal entra en contradicción legal con los planes de la Junta. El Real Decreto 137/1993 de 29 de enero especifica que los menores podrán usar, “con Autorización Especial para Menores (AEM)”, que expide la Guardia Civil, escopetas de caza una vez cumplidos los 14 años “acompañados de un mayor de edad”. La norma permite además que los menores, a partir de 16 años, puedan usar rifles de caza, bajo supervisión de un mayor de edad. En la actualidad, más de 13.000 menores, entre 14 y 18 años, cuentan con licencia de armas, según datos de la federación de caza.
Rebajar la edad para cazar
Pero no sólo la Junta de Castilla y León pretende fomentar este negocio entre los menores. La nueva Lei de Caza de Galicia que prepara la Xunta rebajará de los 16 a los 14 años la edad mínima legal para conseguir una licencia de rifle. La Xunta justifica la medida porque dice “es necesario asegurar un relevo generacional” en esta práctica.
Una plataforma de 30 organizaciones sociales, culturales y ecologistas de Galicia denominada: “Matar por Matar Non” denuncia que estas medidas suponen “el retorno a la caverna” y la contradicción frente a la defensa de una educación no bélica y de respeto con el entorno.
Por su parte, Ecologistas en Acción de Castilla y León lamenta que medidas similares se adopten en su comunidad. En un comunicado, esta organización explica que esas clases para escolares contribuyen a “educar a los escolares a matar por diversión”. Los ecologistas cuestionan también el carácter ambiental y educativo del que la Junta reviste este apoyo económico a los cazadores.

La Lei de Caza de Galicia que prepara la Xunta rebajará de los 16 a 14 años la edad mínima para las licencias de rifle

Además, recuerdan que la Junta de Castilla y León ha eliminado recientemente las subvenciones de más de 250 actividades de educación ambiental gestionadas a través de convenios firmados con asociaciones culturales, colectivos de ciudadanos y Ayuntamientos de la región. También ha despedido a la mayoría de técnicos de medioambiente contratados para estas actividades. Ecologistas en Acción pide a las AMPAS de los centros escolares “que se nieguen a que sus hijos reciban una educación bélica”.
María José Esteso Poves
 
 
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